Vamos a continuar con una entrada que, para mí, es verdaderamente apasionante (parte de culpa la tendrá el hecho de que me encante la historia). Terminaré de contarte hoy la historia de Ashoka y su conversión de déspota tirano y pacifista absoluto.

Su conversión: Ashoka el pacifista

De entre todo lo aprendido, fue el budismo la elección de este hombre; una muy acertada, por cierto. Su décimo año de mandato lo ocupó peregrinando, viajando junto a su séquito por las riberas del Ganges, pasando por la ciudad sagrada de Sárnath donde Buda dio su sermón primero, y llegando a Bodh Gaya, donde el árbol bodhi vio cómo el príncipe Gautama se convertía en Buda. Viendo Ashoka ese mismo árbol sintió una serenidad tal que mandó erguir un templo en el lugar. Desde entonces su apodo cambio a ‘Dharma Ashoka’, ‘Ashoka el piadoso’.

Se dedicó a predicar la doctrina de la piedad, tratando de humanizar el poder con el que contaba y renunciando, de esta manera, a las conquistas y a la violencia. No así contra los rebeldes, que sí usó la fuerza simplemente como método de contención.

El trato a sus súbditos se daba por igual, contrariando por completo la doctrina del brahmanismo. El pacifismo pasó a convertirse en el principio inspirador del reinado. Fundó santuarios y monasterios, trabajó para mejorar las vías de comunicación, excavó cientos de pozos para el pueblo, sembró árboles para dar sombra en el camino de los peregrinos y los caminantes. Hasta mandó a su hijo Mahendra en una misión de predicación en Sri Lanka. También viajaron embajadores a diferentes cortes de Occidente para que el budismo se difundiera.

Su conversión, bien detallada, así como las doctrinas del dharma, se grabaron en las plazas de mayor importancia de su imperio así como en los transitados pasos de montaña.

Su piedad, el declive del reino

Hay que mencionar que su nueva forma de actuar, cada vez más pacifista llevó, por suerte o por desgracia, a que se produjese el declive del reino. A nadie le cabe duda, a día de hoy, de que sus acciones debilitaron el Estado, que poco tardó en disgregarse hasta desaparecer.

Incluso el reinado estaba en bancarrota debido a las suculentas donaciones que este hacía al budismo. Fue su nieto quien tuvo que poner remedio a esto ordenando al tesorero interrumpir las transacciones y, finalmente, destronándolo.

Sea como sea, Ashoka siempre será recordado por la India comtemporánea como el mejor de sus reyes, el unificador y encarnador del amado ideal budista.